Mujeres de Octubre (IV). Alexandra Kollontái: lucha y pensamiento político.

Kollontái en sus tiempos de comisaria del Pueblo de Asuntos Sociales (1917-1918).

» Viene de la Tercera Parte: Mujeres de Octubre (III). Alexandra Kollontai. Juventud y obra literaria

“… como persona, como mujer y como esposa no tiene la menor posibilidad de desarrollar su individualidad. Para su tarea de mujer y madre sólo le quedan las migajas, que la producción capitalista deja caer al suelo”.

Clara Zetkin.

La segunda parte de nuestro artículo, dedicado a la vida y el pensamiento político de Alexandra Kollontái es necesariamente amplio. Alexandra vivió y protagonizó los acontecimientos políticos más importantes del siglo XX. La Revolución de Octubre marcaría para siempre la historia. Nos ha resultado difícil reducir sin perder parte del rigor histórico necesario, sabemos que ser más concisos hubiera sido lo idóneo, pero conocer a A. Kollontai bien merece un poco más de tiempo.

Durante los primeros años de militancia en el Partido Socialdemócrata, se dedica al estudio y elaboración de análisis políticos y sociales. En 1900 se publican sus primeros trabajos en varias revistas, algunas de ellas alemanas, y sus primeros artículos de análisis político sobre Finlandia. En 1903 publica el libro Las condiciones de vida de los obreros finlandeses, el texto no sería bien acogido por los marxistas legales, pero sí entre los medios marxistas europeos. De ese mismo año es la publicación Las Bases Sociales de la cuestión femenina.

En uno de sus viajes al extranjero publica un artículo firmado bajo el seudónimo de Helene Maline sobre Finlandia en la revista alemana Neue Zeit. Es cuando conocerá personalmente a K. Kautsky, Rosa Luxemburgo, P. Lafargue y G. Plejánov.

A su regreso de otra corta estancia en el exterior, surgen dos acontecimientos nuevos en Rusia: el primero, el crecimiento de revueltas campesinas y huelgas obreras; el segundo, el debate dentro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR) respecto a dos concepciones distintas y enfrentadas sobre su organización. El Partido celebra en 1903 su II Congreso en Ginebra y en Londres. Lenin y Plejánov —éste último sólo durante un tiempo— defienden una organización estructurada en base a un núcleo restringido: una vanguardia disciplinada integrada por revolucionarios profesionales. Lenin introduce en el debate el concepto dictadura del proletariado, para él la estrategia de la revolución es inseparable de la teoría de la organización. Pero no todo el partido estaba de acuerdo. Las votaciones dieron la mayoría a Lenin pero esto no resolvió el antagonismo entre ambas posiciones y en 1912 se llegará a la ruptura del POSDR entre bolcheviques y mencheviques.

Después del Congreso, Lenin lanza una contraofensiva contra los mencheviques y logra el control del sector clandestino del partido en el interior de Rusia. Plejánov se inclinó por la conciliación con los mencheviques. Estos debates que se desarrollaban en el interior del POSDR llegaron al seno de la Internacional. En 1904, en el VII Congreso de la Internacional celebrado en Ámsterdam, Rosa Luxemburgo denunció “el absolutismo ruso” de la concepción centralista democrática propuesta por Lenin. Kollontái, atraída por el espíritu revolucionario, demostró más simpatía por los bolcheviques, pero el prestigio de Plejánov le impedía tomar partido contra los mencheviques. Kollontái colaboró en la práctica con ambas fracciones y se mantuvo al margen del debate.

En 1905, la difícil situación que atravesaba Rusia empeora con la guerra ruso-japonesa. El 9 de enero de 1905 se produce el Domingo Sangriento. Kollontái se pronunciará a favor de la asistencia del partido socialdemócrata a la manifestación que organizaba el padre Gapón en San Petersburgo, alegando que la manifestación era una “acción de masas” en la que estaría el proletariado. La mayoría de los bolcheviques estaban en contra de la asistencia, al considerar la manifestación una provocación o una súplica inútil. Todo terminó en un baño de sangre.

Durante 1905 y 1906 colaboró, tanto como periodista como en trabajos técnicos, en la edición del órgano bolchevique Proletarii. Aquí escribiría un artículo pronunciándose contra la participación obrera en la Duma (Parlamento) y llamando al proletariado a la insurrección armada. Esta llamada a la insurrección le costó un proceso en el que fue condenada, por lo que tuvo que huir al extranjero.

Su posición, tanto frente a la Duma como respecto a los sindicatos —consideraba que debían ser autónomos del partido— la pusieron en contra de la fracción bolchevique. Estas dos discrepancias serán determinantes en su apoyo a los mencheviques entre 1905 y 1915; aunque no participó de forma intensa en la polémica, ya que se centró en la organización de las obreras en el seno del partido y una vez en el exilio, a la lucha contra la guerra y por la reforma de la II Internacional.

Desde 1905 a 1906 se dedicó al trabajo de organización de las mujeres. Los comienzos fueron difíciles. Tanto ella como Krupscaya tuvieron innumerables resistencias de sus camaradas masculinos cuando intentaron la organización autónoma de las mujeres.

En 1907, Kollontái formó parte de la representación rusa en la I Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Sttutgart, organizada por Clara Zetkin. Clara, con la colaboración de Rosa de Luxemburgo, fue la autora de la resolución en la que se exigía igualdad de oportunidades para las mujeres, salario igual por trabajo igual, ayuda social a las madres obreras y a los niños y el derecho al sufragio femenino; reivindicaciones que serán defendidas desde entonces.

Kollontái, condenada en un segundo proceso por su participación en el movimiento huelguístico de las obreras textiles de San Petersburgo, marchó nuevamente al exilio para no ser detenida.

En 1910 forma parte de la delegación rusa en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, a la que asistieron delegadas de 16 países en representación de 100.000 mujeres socialistas. Entre los órdenes del día estaba el problema de Finlandia. Kollontái, que tan a fondo había estudiado el tema de Finlandia, fue una de las participantes que más luchó para que se votara una resolución apoyando al Partido Socialista de Finlandia.

Con el estallido de la l Guerra Mundial, los partidos obreros quedaron divididos respecto al papel que la clase obrera tenía que desempeñar. Kollontái estaba de acuerdo con la llamada Tesis derrotista de Lenin y Rosa Luxemburgo. Se dedicó casi por completo a la lucha contra la guerra. Desde su salida de Rusia, participó en innumerables mítines y conferencias contra la guerra. Durante este tiempo, su actividad periodística también aumentó con numerosos artículos sobre la guerra. Su texto “¿A quién le es necesaria la guerra?” obtuvo gran difusión. Tuvo una relación constante todos estos años con Lenin, ya que ambos coincidían en la estrategia a seguir por el movimiento obrero durante la guerra europea. Kollontái fue uno de los enlaces entre Lenin y el Comité Central del partido con los militantes del interior de Rusia.

Los socialdemócratas europeos, que en 1915 ya se habían manifestado por una lucha internacional contra la guerra, se reunieron en Zimmervald, Suiza y construyeron un bloque de oposición a la tendencia mayoritaria dentro de la II Internacional. Kollontái trabajó intensamente en la campaña a favor de la terminación de la guerra. Ese mismo año, se adhirió definitivamente a los bolcheviques.

La III Conferencia Internacional de Mujeres Socialista se celebró en la ciudad suiza de Berna en 1915. Kollontái fue una de las delegadas bolcheviques, que aún estando en clara minoría en la Conferencia, lograron hacer aprobar una resolución en la que se condenaba la guerra y se pedía una paz sin anexiones ni conquistas.

Kollontái recibió a Lenin en la estación de Finlandia en Petrogrado a su llegada en 1917. Acto seguido se celebró una reunión del Comité Central del Partido en la que Lenin defendió la necesidad de la insurrección armada. La única voz que le apoyó desde su primera propuesta fue la de Alexandra. La Revolución Socialista de Octubre se ponía en marcha.

Alexandra Kollontái fue la primera mujer elegida para el Comité Ejecutivo de Soviet de Petrogrado. Posteriormente figuraría como miembro del Comité Ejecutivo Panruso de los Soviets. También fue la primera mujer de la historia en ser titular de un ministerio gubernamental: el Comisariado del  Pueblo de Asuntos Sociales (1917-1918). Más tarde, renunciará tanto a su puesto en el Comité Central como a su cargo de comisaria del Pueblo durante el VII Congreso de los Soviets, como muestra de su oposición a la firma del tratado de paz con Alemania. Nunca más volvió a estar en el gobierno. Su actividad continuó aún sin estar en los puestos dirigentes. A partir de ese momento, se centraría en la organización del movimiento femenino y lograr la emancipación de la mujer.

En 1920, tras finalizar la guerra civil, surgió una tendencia dentro del Partido llamada Oposición Obrera, a la que apoyó plenamente. Después del IX Congreso del Partido celebrado en marzo de 1922 y tras el fracaso anteriormente obtenido por este sector en el X Congreso, Kollontái se desligó por completo de sus camaradas.

Desde 1922 hasta su muerte, no participó en ningún debate de los muchos que se sucedieron en el seno del Partido. A finales de 1922 fue nombrada para un cargo diplomático con el propósito de alejarla de los acontecimientos que sucedían en Rusia. Alejada de la política activa, se dedicó a la diplomacia soviética, su afición por la literatura, así como a escribir artículos esporádicos sobre la mujer.

Fue representante de la Delegación en Noruega desde 1923 a 1925, después pasó a México como diplomática de 1925 a 1927 y retornó a Noruega donde permaneció hasta 1930, año en el que manifestó pública posición a favor de Stalin. Hasta 1945 ejerció como diplomática en Suecia, su último destino antes de volver a la URSS.

Nos acercamos al pensamiento político de Alexandra Kollontái con la convicción de la plena vigencia sus ideas, su defensa del socialismo y de la emancipación de la mujer siguen siendo acertadas y necesarias en la actualidad. Recogemos, hoy aquí, un resumen de su legado político, sin nostalgia, con rigor y como una herramienta política que aún necesitamos.

Alexandra abrió caminos absolutamente nuevos dentro el pensamiento marxista y si bien, al igual que sus compañeros, examinó a la luz de la lucha de clases la condición de la mujer, no dejó que la cuestión de la mujer fuera un asunto a aplazar sine die una vez realizada la revolución, sino que defenderá que la cuestión de la mujer debe formar parte de la lucha política al mismo tiempo que las luchas obreras. Profundizará en aspectos completamente novedosos sobre la sexualidad, las relaciones de familia y la psicología. Si algo debemos reconocer a Alexandra Kollontái es haber explorado caminos que sentaron las bases del pensamiento feminista-socialista a lo largo del siglo XX.

La antropología desde mediados del siglo XIX había aportado una nueva visión de la familia: existían sociedades donde la división sexual del trabajo no era motivo de diferencia. Y no era la biológica, por tanto, la causa del status inferior de la mujer, sino que la causa era social.

Marx y Engels consideran a la familia burguesa como una categoría histórica transitoria, basada en la propiedad y condenada a desaparecer. El pensamiento marxista concluye que es el modo de producción la causa que determina la segregación femenina en cada momento. Kollontái escribe:

“Las condiciones y las formas de producción han subyugado a las mujeres durante toda la historia de la humanidad y las han relegado gradualmente a la posición de opresión y dependencia en la que la mayoría de ellas ha permanecido hasta ahora”.

Ni las diferencias biológicas ni las naturales eran las responsables de tal situación. En este sentido, el libro de A. Bebel La mujer y el socialismo formará parte de las herramientas teóricas para la mayoría de las mujeres socialistas en la II Internacional. Alexandra Kollontái escribiría al respecto:

“Bebel demostró definitivamente que la tarea histórica de la clase obrera está indisolublemente vinculada a liberación de la mujer.” El modo de producción socialista devolvería a las mujeres el status de igualdad perdido a lo largo  de la historia y permitiría en consecuencia la emancipación de las mujeres”.

Recogerá de Clara Zetkin ideas fundamentales, como que la incorporación de la mujer a la producción permite su independencia económica respecto al varón. Esa independencia resulta un atentado directo contra las bases del patriarcado, pero además las proletarias podrán luchar junto a sus compañeros por la conquista del poder político y defenderán, tanto Zetkin como Kollontái, el derecho al sufragio femenino como parte de esa lucha política. En resumen, la desaparición del papel subordinado de las mujeres dentro del proletariado.

Las ideas de Rosa Luxemburgo, Henriette Roland-Holst, Angélica Balabanov o la propia Clara Zetkin pueblan pensamiento político de Alexandra: la emancipación femenina y la emancipación de la clase trabajadora van de la mano y, por tanto, sus luchas han de ser unitarias. Las reivindicaciones  particulares o generales de las mujeres refuerzan y desarrollan el movimiento obrero. Con estos mimbres, Kollontái avanzará más que nadie, en esos años, en el camino de la emancipación femenina.

Denuncia cómo el matrimonio indisoluble “se funda en la idea contraria a toda ciencia psicológica de la invariabilidad de la psicología humana en el curso de la vida”. Y cómo la prostitución tiene unos efectos aún peores sobre las relaciones sexuales y amorosas: “los hombres sólo buscan su propio placer sobre el sexo femenino y no están dispuestos a darlo. La prostitución deforma la conciencia erótica del varón ignorando a las mujeres en las relaciones sexuales. Además del extremo individualismo, defecto fundamental de la psicología de la época actual, de un egocentrismo erigido en culto, la crisis sexual se agrava mucho más con otros factores de la psicología contemporánea: la idea de derecho de propiedad de un ser sobre otro y el prejuicio secular de la desigualdad entre sexos en todas las esferas de la vida, incluida la esfera sexual”, concluye Alexandra.

Tampoco el amor libre formulado desde los estereotipos de la burguesía puede resolver el problema. El varón seguirá viendo en las mujeres “lo que tienen en común con su especie, su feminidad en general”, sin reconocimiento de la individualidad de la mujer, sin el derecho de las mujeres a disponer de su propia vida, el varón volverá a establecer el derecho de propiedad sobre ella. Sin el “nuevo hombre”, es imposible la relación de camaradería que ha de presidir la relación entre sexos. Sin la desaparición de las costumbres egoístas de los varones, fomentadas desde la cultura burguesa, no desaparecerá el deseo de someter el “yo” de las mujeres.

Las diferentes formas de familia y de relaciones entre hombres y mujeres, el concepto mismo de amor han sido expresiones culturales de los modos de producción imperantes en cada momento histórico. Expresiones protegidas por las clases dominantes para la perpetuación de sus intereses y la reproducción del sistema. Por eso la clase en ascenso, el proletariado, con su revolución, dará paso a nuevas formas de familia y nuevas y liberadoras formas de relación entre hombres y mujeres. Las mujeres, además de la revolución proletaria, necesitan de otro tipo de revolución, una revolución de la vida cotidiana y de las costumbres, para poder terminar con siglos de subordinación material y espiritual.

Son la trabajadoras, mediante la toma conciencia de su situación, las llamadas a forjar “la mujer nueva” con una mujer que Kollontái define así:

“La disciplina, en vez de la afectividad exagerada: la apreciación de la libertad y de la independencia, en vez de la sumisión y de la impersonalidad; la afirmación de su individualidad, en vez de los esfuerzos ingenuos por llenarse de la forma de ser del hombre amado y reflejarlo”.

Se trata, en suma, de una renovación de la psicología de la humanidad, si bien reconoce en la mujer de profesión liberal, nacida en el seno de la burguesía, el anticipo de esa “mujer nueva”, también considera que sin la revolución socialista, este tipo de mujer no pasará de ser algo efímero y que es en el seno del proletariado donde se dan las condiciones para el cambio radical.

Kollontái considera que la incorporación de las mujeres obreras al trabajo las ha colocado en la vía de la conciencia social. Las obreras han abierto el camino, han sido las primeras en luchar por su sustento económico, antes que sus hermanas de la burguesía. Además, esa incorporación ha supuesto para ellas la modificación de las relaciones familiares. Las obreras han conocido el amor libre antes que nadie.

Es en el seno del proletariado y en su revolución —cuya moral sexual admite todo tipo de relaciones basadas en la igualdad y el reconocimiento—  donde puede producirse un cambio de psicología que permita el amor con camaradería, cuando esa relación prevalezca y desaparezca la soledad en que sume el capitalismo a ambos sexos, quedando desterrado el individualismo que preside las relaciones en el capitalismo. “En suma, hasta que el principio de camaradería no haya triunfado sobre los conceptos tradicionales de desigualdad y de subordinación en las relaciones entre sexos” no será posible completar revolución comunista.

Para que las mujeres puedan disponer del derecho a su propia vida y terminar con la subordinación son necesarias condiciones materiales que sólo proporcionará la revolución comunista. Es necesario construir una sociedad donde las obreras puedan desprenderse de las tareas del hogar; una sociedad donde las madres no tengan que dedicarse exclusivamente a cuidados infantiles, en la que la educación de los niños esté garantizada y donde el matrimonio deje de basarse en el interés económico calculado.

Kollontái reconocería —después de cuatro años de revolución—  lo dura, lenta y difícil que estaba siendo para la joven república soviética garantizar las condiciones materiales para toda la población. El bloqueo económico y la guerra habían sumido en la pobreza al Estado revolucionario. Aún así, el esfuerzo que se hizo en educación y en el cuidado de los niños y las madres fue impresionante. Se multiplicaron los comedores populares, las viviendas comunales y se protegió la salud y el descanso de las obreras por ley… y por ley se regularon sus derechos.

Durante este corto periodo de tiempo cambió por completo la sociedad rusa. Alexandra está convencida de que ese avance no tiene vuelta atrás y escribe:

“A medida que desarrollemos nuevas formas de producción y nuevas formas de vida, las mujeres podrán liberarse de sus trabas seculares y rechazar su esclavitud. La Revolución de Octubre ofrece a nuestras mujeres trabajadoras una verdadera posibilidad de liberación”.

Cien años después de la Revolución Socialista de Octubre queda casi todo el camino por recorrer, pero el camino está abierto y Alexandra Kollontái seguirá siendo fuente de inspiración para seguir avanzando.


Fuentes:

  • Mujer Historia y sociedad, Kollontái, Alexandra. Fontamara, S.A. Barcelona, 2004.
  • Marxismo y revolución sexual, Kollontái, Alexandra. Miguel Castellote, Madrid, 1976.
  • Mujer y lucha de clases, Kollontái, Alexandra. Viejo Topo, Barcelona, 2016.
  • La articulación clásica del feminismo y el socialismo: el conflicto clase-género.  Miguel Álvarez, Ana de.