Construcción del socialismo (I). Introducción

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Introducción. La sociedad heredada por la Revolución Socialista de Octubre de 1917: Semifeudal, atrasada y dependiente

Uno de los elementos actuales que más sorprende en los temarios de los programas de estudio en la universidad pública española, es la permanencia de la lectura y análisis de los debates y autores de los primeros años de la Revolución Socialista de Octubre de 1917. De los debates teóricos que tuvieron lugar en la primera década de la Revolución, se podrían destacar tres aportaciones que permanecen vigentes: el análisis del imperialismo, la estructura teórica centro/periferia y los debates sobre el proceso de industrialización. A estas cuestiones se van a dedicar una serie de artículos, que a modo de introducción comienzan con el presente estudio de las condiciones económicas y sociales que hereda la Revolución de Octubre del zarismo.

De la herencia histórica del zarismo y sus consecuencias para sociedad rusa, se comprende cómo las circunstancias se imponen en esos años a los principios y estrategias previstas por parte de los líderes bolcheviques. En los años inmediatos a la Revolución, la guerra siguió siendo una constante en el sistema zarista con la participación en la Primera Guerra Mundial. La participación en la guerra supuso un empeoramiento generalizado de la situación económica, que provocó que eclosionara en la sociedad rusa toda la dialéctica de contradicciones que se habían ido generando años atrás durante la expansión industrial y el deterioro de la estructura agraria zarista.

La erosión social del zarismo era evidente cuando ya en febrero del 17 fue derrocado por una convergencia de sectores sociales, del ejército y de la propia burocracia del Estado, que encontraron el apoyo decisivo de Inglaterra y Francia, países que querían impedir la inminente alianza entre el zar Nicolás II y el káiser Guillermo. Se abrió desde ese momento una dualidad de poderes entre el gobierno provisional, formado por casi todos los partidos políticos existentes, y los soviets, apoyados por el partido bolchevique.

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Campesinos rusos en 1916.

Para interpretar adecuadamente la naturaleza del sistema zarista, hay que tener en cuenta que la Rusia anterior a la Revolución no era un país industrializado, siendo la atrasada estructura agraria la principal característica.

El crecimiento de las fuerzas productivas y el proceso de industrialización ruso fueron ciertamente acelerados si se les compara con la situación existente hacia la mitad del siglo XIX, pero eran reducidos en relación a la estructura económica global. Las relaciones de mercado no predominaban en el marco de las relaciones socioeconómicas sobre las que se articulaba la formación social zarista, porque las relaciones de producción características del sistema capitalista, aunque en ascenso, no predominaban en aquella sociedad, sino que estas relaciones se supeditaban a las relaciones estatales, definidas a su vez por su dependencia de la lógica proveniente del capital extranjero inglés y francés principalmente, aunque también destacaba el capital belga y alemán.

Aunque en los años finales del zarismo la aristocracia agrícola redujo su importancia en la estructura social rusa mientras se elevaba la capacidad de la burguesía industrial, estamos ante una clase social muy minoritaria entre los estratos dominantes y sus intereses estaban vinculados a los dictados del poder estatal.

El proceso económico estaba dirigido por los intereses del capital extranjero y controlado por el Estado zarista, ambos motores principales de la construcción de la sociedad capitalista en Rusia. Así pues, fue el Estado zarista el dirigente y gestor principal del crecimiento industrial de las décadas anteriores a 1917, impulso que se caracterizó por su lógica dependiente del capitalismo extranjero, dinámica que continuó sin mayor variación bajo el gobierno provisional de Aleksandr Kérenski.

La dimensión histórica de la ruptura provocada por la Revolución de Octubre debe ser analizada desde esta doble perspectiva. De un lado, a nivel externo, ante los vínculos del régimen zarista con el capitalismo internacional. De otro lado, a nivel interno, en 1917 se produjo una ruptura con los mecanismo económicos semifeudales de carácter tributario (la entrega del excedente agrícola en especie) que surgían de unas relaciones determinadas por el Estado zarista.

El resultante de la pesada herencia zarista fue la política de urgencia, como consecuencia de tres realidades que determinaron la evolución de los primeros años de la Revolución: el reducido crecimiento en una estructura económica atrasada y agrarizada; la debilidad política de un partido en el poder que en aquel momento no disponía de hegemonía cultural en la sociedad; y el sistemático hostigamiento de las potencias internacionales contra el gobierno bolchevique.

De esta realidad se derivan las tres grandes actuaciones que predominaron en los primeros momentos de la Revolución: primera, sacar al país de la guerra; segunda, concluir la guerra civil fomentada desde el exterior; y tercera, conseguir la estabilidad social del campesinado como garantía imprescindible para la continuidad de la Revolución Socialista.

Si bien en los debates dentro de la dirección del Partido, las posiciones se fueron decantando hacia la apuesta por la industrialización y el impulso de los primeros criterios de planificación económica, la circunstancias se imponen y —hasta la mitad de los años veinte— el desarrollo industrial quedó pospuesto; sin embargo, a lo largo de la segunda mitad del decenio, la dirección bolchevique fue modificando su posición, disponiéndose a industrializar rápidamente el país.

A la primera etapa corresponden las primeras medidas de la Revolución, el periodo del “comunismo de guerra” y la NEP (Nueva Política Económica), mientras que el segundo está precedido por los debates sobre el modelo de desarrollo y la estrategia industrializadora a seguir, marcada por la polémica entre Bujarin y Preobrazhenski; aspectos a los que dedicaremos futuras entradas.

» Sigue en la II Parte: Construcción del socialismo (II). Las primeras medidas